La impostura de Moreno Bonilla puede rozar la caricatura con su simulación consciente y sistemática sobre sanidad, vivienda o educación. Sin embargo, la realidad es otra, lo cual le lleva a vivir en un “como si” constante.
Todavía recuerdo el seminario del psiquiatra Carlos Castilla del Pino sobre “El impostor y la impostura” en los Cursos de Verano de la UCA en San Roque del año 2000, donde definió la impostura como una patología de la conducta y una forma de comunicación falsa. Analizó al impostor como alguien que necesita fingir ser quien no es para obtener reconocimiento. Por eso, Moreno Bonilla ha tenido que engañar con los cribados de cáncer en la sanidad andaluza, aunque no le va a servir de mucho porque ya está denunciado en los juzgados.
La crisis de los cribados no es un incidente, es la radiografía de un sistema con fallos estructurales, y de una gestión política que ha ido siempre un paso por detrás del estallido, nunca por delante. Eso, en política real, se paga, sobre todo, cuando lo que está en juego es la salud de miles de mujeres. Muchas de ellas obligadas a descubrir por sí mismas que nunca llegó la citación que debía llegar. Ese dato atraviesa toda la crisis y derrumba cualquier relato oficial que pretenda minimizar la situación.
Moreno Bonilla había diseñado un camino recto hacia su siguiente victoria electoral basada en una imagen de moderación y de perfil propio, moderado y de centro. Pero el camino se ha torcido y, por primera vez en años, ha perdido el control del marco político y del discurso mediático nacional. Ahora en los telediarios -todos, menos Canal Sur TV- está al mismo nivel que Carlos Mazón, el presidente valenciano que carga con la sombra de los 229 muertos de la DANA. Ambos comparten algo más que titulares, comparten desgaste. Y ambos, paradójicamente, han intentado sostener un discurso de “gestión eficaz” que hoy naufraga frente a los hechos.
Pero, ante hechos excepcionales como la crisis de los cribados de cáncer, Moreno Bonilla ha tratado de banalizar y confundir a los ciudadanos con el ejercicio ordinario del poder. Sin tener en cuenta que el periodo electoral de Andalucía estaba a las puertas, convirtiéndose en una excelente ocasión para someter a prueba a 6,8 millones de ciudadanos andaluces llamados a votar el 17 de mayo.
Dos millones y medio más de la suma total de los censos electorales de Extremadura, Aragón y Castilla y León, donde el PP ha ganado los tres comicios autonómicos recientes. No hay test electoral más potente, ni medidor más fiable que Andalucía para evaluar la salud electoral de las formaciones políticas en España, principalmente del PSOE y PP. En Andalucía se juegan dos partidas. Una, las elecciones autonómicas, donde la única duda es si el presidente andaluz y candidato del PP a la reelección Juan Manuel Moreno Bonilla, gobernará solo o acompañado por Vox, y otra, la nacional.
Un mal resultado en Andalucía “dejaría muy tocado” a Pedro Sánchez de cara a las generales. Así lo admiten varios dirigentes socialistas, apuntando que, ante el supuesto batacazo andaluz, el presidente del Gobierno retrasará la convocatoria nacional lo máximo posible. Los socialistas tienen ahora 21 de los 61 escaños que Andalucía elige al Congreso y mantenerlos, al menos, es clave para que Sánchez no se quede en las raspas.
Los socialistas no salen a ganar la próxima XIII legislatura andaluza. Nadie lo dice así ni lo dirá. Tampoco reconocen que su objetivo principal sea la perdida de la mayoría absoluta que Moreno logró en 2022. El PSOE tiene 30 de los 109 escaños, su suelo electoral, y confía en las muchas variables de unas elecciones, tanto si Vox crece a costa del PP, de la abstención o de los restos. En las últimas elecciones, los populares se llevaron los últimos escaños en cinco provincias (Almería, Cádiz, Sevilla, Córdoba y Málaga). Aunque las encuestas más recientes para estas elecciones (6 de abril), señalan ya que el PP perdería estos restos y con ello la mayoría absoluta.
El PSOE ha elegido a lo mejor que tienen para competir con Moreno Bonilla: María Jesús Montero, “la mujer con más poder de la democracia”, según la definen sus compañeros. La única mujer candidata a la Junta en estos comicios. Nadie ha visto a Montero flaquear ni la ha oído dudar de sus posibilidades. “Las jefas no descansan”, dice. Y fía toda su campaña a dos cuestiones. Una, movilizar al medio millón de votantes que cogió la papeleta del PSOE en las generales de 2023 y que se quedó en su casa en las autonómicas de junio de 2022; y dos, plantear la campaña como un referéndum sobre la sanidad pública andaluza.
Para el PP su gran talón de Aquiles es la sanidad pública. Es el clavo al que se agarran el PSOE, la coalición Por Andalucía y Adelante Andalucía. También Vox, pero el partido ultra busca el choque ideológico en otros frentes como el de la inmigración. El Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Granada ha creado una aplicación que funciona como termómetro emocional. El día que Moreno convocó elecciones, se hizo una primera pesca de datos. Se descargaron todos los mensajes en redes sociales y cuentan que “el sentimiento de aversión por la sanidad fue lo primero que saltó”.
“Eso va a activar al votante socialista”, indica también Antonio Conde, presidente de la Asociación Politólogos de Andalucía. “La sanidad es lo que más preocupa a los andaluces, es el principal problema de Andalucía, pero también a nivel personal y además es el principal elemento de desgaste del PP y el principal elemento movilizador para la izquierda”. Una izquierda que por fin ha llegado a un acuerdo en Andalucía, según ha informado el coordinador federal de IU y candidato de Por Andalucía a la presidencia de la Junta, Antonio Maíllo.
Buena noticia para la sociedad andaluza y su salud democrática, que aspira a un cambio de gobierno. Por supuesto, malas noticia para Moreno Bonilla. Dice Maíllo que este pacto firmado “supone un punto de inflexión que no se va a quedar solamente en Andalucía”. Y en esa estamos

