El Oscar de este año al mejor documental lo ha ganado “Mr. Nobody contra Putin”: un retrato del lavado de cerebro del gobierno de Putin a los niños rusos tras el ataque y la guerra de Ucrania. Foto imagen del libro.
Las guerras no se ganan ni las dictaduras se forjan sin la ayuda de la propaganda. Y los regímenes represivos no perviven en el tiempo si no se les come la cabeza a los ciudadanos, sobre todo a los que aún están por formar, las generaciones más jóvenes a las que directamente se les lava el cerebro.
Y para recordarlo está este documental pergeñado por un valiente don nadie, completado junto a un profesional del cine. Pavel Ilych Talankin, un joven coordinador de eventos y profesor en una escuela de una localidad rusa de apenas 10.000 habitantes, sita en los Urales, y David Borenstein, cineasta estadounidense especializado en política internacional.
A lo largo de dos años y medio, el joven profesor, armado con sus cámaras, con una mirada humanista y con un poso democrático, se torna rebelde contra la represión cuando, tras la invasión de Ucrania, la Rusia de Putin empieza a girar aún más la manivela de la propaganda. Este profesor ha filmado en primera persona la manipulación histórica y política, el adoctrinamiento cultural y gubernamental, y la persuasión nacionalista y bélica de toda una generación de chavales. Y, con la ayuda de Borenstein, cuando él ya había iniciado un proceso que nunca supo adónde le llevaría, lo ha expuesto al mundo.
Niños con menos de 10 años con cara de pasmo (aunque solo al principio; la letra, con sangre, entra). Chavales de 12 años a los que se les enseñan abstrusos conceptos económicos acerca de las sanciones de la Unión Europea, mezclados con frases como “Gran Bretaña es una isla diminuta en la que mataron a su propia gente en la Segunda Guerra Mundial” o “En Estados Unidos hay manifestaciones diarias a favor de Rusia”.
El montaje final de sus creadores, sin alharacas formales, pero con un tono perfecto y un ritmo notable, está entre la película de espías y la naturalidad de un emocionante documento social, acompañado con lúgubres planos de transición que ofrecen contexto ciudadano.
Karabash, el pueblo de Talankin, es famoso por una fábrica de fundición de cobre. Se dice que es la ciudad más contaminada de los Urales debido al cáncer. La esperanza de vida es muy baja. El ambiente nocturno, con el frío y la desolación, es de depresión absoluta. Y, sin embargo, los críos son como otros cualquiera. Salvo que se les está militarizando.
A los niños primero se les enseña a desfilar para acabar con una clase teórica y práctica de armas de guerra. Y los más mayores, los recién graduados, son enviados al frente. A luchar por su patria. A morir por nada.
Talankin pasa así de profesor a espía, y de ahí a cineasta, con la amenaza de la ley promulgada en abril de 2023, que condena con cadena perpetua el delito de “traición al gobierno” de Putin.
Con sentido de la democracia, arrojo humano, sencillez artística y profundidad política, Borenstein y Talanski conmueven radiografiando el horror en el que se asientan las dictaduras: el miedo y la educación completa e integral en el disparate. Han documentado la crueldad del tiempo presente. Y es posible que también hayan mostrado el germen de algo mucho peor aún por venir.
Por eso me llama la atención cuando los hijos del franquismo dicen que viven en la tiranía de Pedro Sánchez y cualquier día los van a llevar al gulag por meterse con el gobierno. Pienso que les vendría bien ver este documental que, desde la ingenuidad, la periferia y un compromiso democrático feroz, nos descubre cómo se construye una tiranía.
Y si después de ver esta obra maestra siguen diciendo que viven en una tiranía comunista, propongo llevarlos de viaje a Karabash, en el corazón industrial de los Urales, escenario de la película. No digo que los llevemos en penitencia, sino como viaje educativo, que vean cómo se vive en un experimento totalitario donde todas las opiniones, salvo la oficial, han sido proscritas.
Creo que por respeto a los héroes como Talankin, pero también por higiene del debate público, todos deberíamos ser más escrupulosos al hablar de tiranías y dictaduras. No vaya a ser que, de tanto invocarlas, acabemos sufriéndolas.

