Cincuenta años vigilando para que no nos roben el paisaje. Por Alberto López

Hay organizaciones que son útiles, hay organizaciones que son necesarias y luego está AGADE que no es necesaria, es imprescindible.

Lo es porque durante cincuenta años ha estado donde casi nadie quería estar. En los juzgados cuando había que recurrir. En los despachos cuando había que alegar. En los caminos cuando había que denunciar. En los montes cuando había que vigilar. En las playas cuando había que proteger. Y, sobre todo, enfrente de quien hiciera falta cuando el patrimonio natural de todos estaba en riesgo.

La historia suele ser injusta con quienes ejercen de centinelas.

A los centinelas rara vez se les agradece que no pase nada. Nadie celebra el incendio que no se produjo, el bosque que no se urbanizó, la playa que no desapareció o la especie que consiguió sobrevivir. La sociedad suele aplaudir las inauguraciones, las cintas cortadas y las fotografías institucionales. Pero pocas veces repara en quienes evitaron que el daño llegara a producirse.

Y esa ha sido la historia de AGADEN durante medio siglo. Durante cincuenta años ha sido el incómodo despertador de una comarca que a veces prefería seguir durmiendo, porque la labor de un grupo ecologista nunca consiste en caer bien. Consiste en decir lo que nadie quiere escuchar cuando todos los demás guardan silencio. Eso tiene un precio.

Durante décadas han soportado críticas, descalificaciones, burlas y acusaciones de quienes confundían el interés general con sus intereses particulares. Han sido señalados por quienes consideraban que proteger una playa, un monte o una especie era un obstáculo para sus planes. Pero el tiempo tiene una extraña costumbre: suele acabar poniendo a cada uno en su sitio.

Y cuando uno repasa la historia reciente del Campo de Gibraltar y de la provincia de Cádiz descubre una realidad difícil de discutir. La lista de aciertos de AGADEN ruborizaría a más de una administración y a más de un responsable político, muchas de las cosas que hoy disfrutamos con absoluta normalidad existen porque alguien decidió plantar cara cuando parecía imposible hacerlo.

Existen senderos porque alguien los defendió.

Existen espacios protegidos porque alguien los reclamó.

Existen especies que siguen formando parte de nuestro paisaje porque alguien luchó por ellas.

Existen rincones que hoy admiramos porque alguien dijo «no» cuando todos los demás estaban dispuestos a decir «sí».

Y ese alguien, en innumerables ocasiones, fue AGADEN.

Por eso resulta especialmente llamativo que todavía hoy aparezcan voces que cuestionan la utilidad del movimiento ecologista.

Normalmente son voces muy seguras de sí mismas, aunque no siempre acompañadas por el mismo nivel de conocimiento. Voces que suelen llegar cuando el trabajo ya está hecho y el patrimonio ya está salvado.

Es fácil criticar al faro desde la comodidad del puerto.

Mucho más difícil es permanecer encendido durante cincuenta años soportando temporales.

Porque AGADEN ha sido precisamente eso: un faro.

No ha evitado todas las tormentas. Ningún faro puede hacerlo.

Pero sí ha evitado que muchos termináramos estrellándonos contra las rocas sin siquiera ser conscientes del peligro.

Frente a intereses económicos coyunturales.

Frente a modas políticas pasajeras.

Frente a gobiernos de todos los colores.

Frente a promotores poderosos.

Frente a presiones de todo tipo.

Siempre con más convicción que recursos.

Siempre con más argumentos que altavoces.

Siempre con más verdad que poder.

Y esa es probablemente la razón por la que sigue aquí cincuenta años después.

Las administraciones cambian.

Los gobiernos pasan.

Las mayorías se transforman.

Las empresas aparecen y desaparecen.

Pero las organizaciones que nacen para servir a la comunidad permanecen.

AGADEN pertenece a esa categoría.

Por eso este aniversario no es únicamente una celebración para quienes forman parte de la organización.

Es una celebración para todos.

También para quienes nunca han acudido a una reunión.

También para quienes nunca han firmado una alegación.

También para quienes nunca han compartido una reivindicación ecologista.

Porque todos disfrutamos hoy de una parte del patrimonio natural que AGADEN ayudó a conservar.

Y eso merece algo más que un reconocimiento.

Merece gratitud.

Cincuenta años después, la mejor prueba de que AGADEN tenía razón en muchas de sus luchas es que aquello que defendía entonces forma parte hoy del sentido común.

Gracias por cincuenta años de vigilancia.

Gracias por cincuenta años de compromiso.

Gracias por cincuenta años recordándonos que la naturaleza no nos pertenece.

Somos nosotros quienes pertenecemos a ella.

Foto Tomoyuki Hotta.

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