Uno de los grandes problemas de las democracias procede de que todo gasto público debe pasar por el filtro de su rentabilidad política, sin embargo, no lo hacemos con el tren, aun sabiendo que es la forma más natural de movernos por este despoblado país de grandes distancias que es España.
El tren es el presente y el futuro de la movilidad de España, Andalucía y el Campo de Gibraltar. Y el AVE español destaca por tener la segunda red más extensa del mundo. La verdad es que nuestra red de alta velocidad es admirable. Bueno, lo era. Porque llevamos ya algunos años con grandes retrasos. El tren ya no es tan cómodo y puntual. La situación se ha deteriorado y desembocado desgraciadamente en el accidente de Adamuz.
Por eso, hay que levantarse y resucitar la confianza en el tren y el espíritu del 92, porque no podemos olvidar que el AVE, junto a la Expo 92, supuso un antes y un después para Andalucía. “Un maná para una tierra sufriente y que en aquel momento era la gran parte vulnerable de España”, recuerda Alejandro Rojas Marcos, alcalde andalucista de Sevilla de aquel año.
El tren se hizo por decisión del Gobierno socialista, que se inclinó por los vulnerables, cuando Sevilla y Barcelona competían por la Expo y los Juegos Olímpicos. Puyol decía que el AVE Madrid-Sevilla no tenía sentido. Pero para Rojas Marcos y Felipe González, si lo tenía, porque decían que, si se hacía antes el de Sevilla, seguro que se encontraría después dinero de donde fuera para llevar el AVE a Barcelona, pero en caso contrario no sería así.
El impacto del AVE en las ciudades es innegable, sobre todo si se compara con las que no lo tienen, como ocurre con una comarca con tantas posibilidades como la del Campo de Gibraltar. Porque ya no hablo sólo del AVE, sino de un tren en condiciones como el planificado por la Red Transeuropea de Transportes (TEN-T) para comunicar el Puerto de Algeciras y el Campo de Gibraltar. Pese a todo, los andaluces nos sentimos orgullosos de que el AVE naciera en el 92 con acento andaluz.
Ahora estoy sobrecogido, porque como buen machadiano soy trenéfilo, pero de trenes melancólicos y sabios de lentitud. Que la velocidad pudiera afectar tanto a la seguridad de nuestros trenes son palabras mayores y me preocupa. Porque desde siempre se ha dicho que la alta velocidad solo es posible mediante un exquisito cuidado de las vías, y al parecer es esto, una vía con deficiencias, lo que provocó el accidente de Adamuz.
Por lo visto, ya los maquinistas venían denunciando el defectuoso estado de estas infraestructuras. No se entiende por qué no se aumentó entonces la inversión, o a partir del momento en el que se disparó el número de trenes para Córdoba, Sevilla, Málaga y Granada. Mi hipótesis es que se trata de un tipo de inversión imprescindible, pero con nula repercusión política.
Es decir, el gobernante cree extraer más beneficios de anunciar la ampliación de la red o de alcanzar los 350 kilómetros por hora en una determinada ruta, como señaló hace poco el ministro Puente, que trasladar una gran cantidad de recursos para algo que en el fondo es invisible, no posee ninguna trascendencia a efectos de impacto en la opinión pública o de potenciales electorales.
De ser cierta mi hipótesis, solo falta aprender también la otra lección, y es que el bien público no coincide necesariamente con el de los partidos que nos gobiernan en cada momento. Una de las desventajas de carecer de Presupuestos es que las políticas de gasto quedan huérfanas de una evaluación consistente, se nos escapa su orden de prioridades. Y en el camino perdemos la capacidad potencial de exigir responsabilidades.
Así que, las conclusiones de la tragedia de Adamuz deben servir para invertir lo que sea necesario en mantener esta apuesta de país, que es el tren. Además, una apuesta que ha unido a todos los gobiernos de las últimas tres décadas y ha contribuido tanto a nuestro éxito económico actual.
Hay margen para seguir sustituyendo más rutas de avión y más viajes por carretera, aunque la configuración radial de la red ferroviaria presenta limitaciones en sus conexiones transversales, que habría que mejorar. Pero, el ferrocarril sigue siendo el medio de transporte más seguro, eficiente y sostenible. Pero, ojo, lo que no se cuida, acaba deteriorándose.

