Más democracia. Por Ángel Luis Jiménez

La extrema derecha supone hoy la mayor amenaza para la democracia. Ni ganándoles en las urnas hay seguridad de frenar su ímpetu violento. Por eso, hay que pararles los pies con más democracia.

Basta fijarse en democracias como las de Estados Unidos o Brasil, donde la extrema derecha ha enseñado los dientes irrumpiendo en las instituciones en cuanto han perdido las elecciones.

También en Alemania han puesto en peligro la democracia. En diciembre de 2022, sus servicios de inteligencia frenaron a un conglomerado de funcionarios de extrema derecha y miembros retirados de las fuerzas de seguridad que pretendían ocupar lugares de poder institucional para derrocar a la república.

La sucesión reciente de estos asaltos obedece a lógicas muy similares: la manipulación de los seguidores con realidades alternativas a través de las redes sociales, la inoculación en la opinión pública de la sospecha de elecciones robadas y la deslegitimación del adversario político a través de medios de comunicación o incluso utilizando los tribunales.

Hoy las democracias no mueren de infarto o de ictus, sino de cáncer. No mediante un shock, sino por una metástasis progresiva por todo el cuerpo político hasta que se produce el fallo multiorgánico. Un golpe a fuego lento, casi imperceptible, pero que está bien claro en el manual populista, cuyo primer objetivo es tomar el poder.

Esto presupone la eliminación o patrimonialización de todo el sistema de contrapoderes, muy en particular del poder judicial. Colonizar las instituciones e instrumentalizarlas con fines partidistas. La mayoría, siempre coyuntural, puede así aspirar a hacerse permanente como está ocurriendo en nuestro país con el Poder Judicial (CGPJ).

A continuación, o en paralelo, el objetivo es desacreditar a toda oposición, ya se trate de otras fuerzas políticas o de los medios no favorables, ignorando el pluralismo, que el pueblo hable “con una sola voz”, la que emite el líder o sus secuaces, silenciando siempre al disidente y descalificando al adversario.

Esta línea que traza el camino hacia el asalto a los poderes institucionales está íntimamente conectada con el reclamo de los populistas de burlar el sistema de controles y contrapesos institucionales propios del liberalismo, y de transformar paulatinamente las democracias en autocracias electorales.

En Europa ya se es consciente de lo que está ocurriendo en Hungría y Polonia con la oposición o de una forma más descarada en la Turquía de Erdogan, donde incluso se encarcela a sus posibles adversarios electorales. El peligro existe y la única vacuna es el fortalecimiento de las instituciones y una ciudadanía vigilante.

Porque estamos llegando a una situación donde no hay diferencia entre los momentos electorales y los propios de la “política normal”. Además, en España, dado nuestro modelo territorial, esto es inevitable que ocurra, porque siempre hay alguna elección a la vista. Ahora, las autonómicas y municipales a menos de cinco meses.

Así que, entramos en un año decisivo después de una legislatura rara, casi extravagante, tanto por el comportamiento de los grupos políticos como por acontecimientos tales como la pandemia y la guerra y sus consecuencias. Una legislatura casi traumática, con las instituciones hechas unos zorros y una tensión enorme, casi insoportable.

Lo lógico es que esta dinámica se acentúe, que el modo electoral fagocite todo lo demás, por la proliferación de las encuestas y un protagonismo todavía mayor de los expertos en comunicación política, que aplican a rajatabla su clásico manual de campaña con mucho ruido para sacar rédito electoral.

No me cabe la menor duda que estamos en momentos excepcionales. Así que, por qué no aprovechamos este inicio del año para hacer un pausado balance de lo que ocurre. De paso, pensemos en los retos del futuro inmediato. Ya sé que es inútil exigir autocrítica a los partidos, aunque quedaría como un bonito gesto.

Pero, al menos podríamos demandar a los bloques del PSOE y del PP, que tanto se juegan, un proyecto de país, y no sólo beneficios para sus potenciales clientelas electorales o esas arengas para dejarse guiar por su vínculo identitario hacia uno de los dos bloques. Porque al final, lo que más me descorazona y asusta no es que ganen unos u otros, sino no saber qué podemos esperar una vez estén al mando. No vamos bien.

4 comentarios

  1. Porque al final, lo que más me descorazona y asusta no es que ganen unos u otros, sino no saber qué podemos esperar una vez estén al mando. No vamos bien.
    Casi 4 años llevamos así y no ha hecho la menor crítica al gobierno sociata podemita comunista apoyado por los asesinos etarras y golpistas separatistas corruptos y ladrones catalonios, con leyes ABERRANTES que nos obligan a todos y desmantelando el Estado de Derecho. Hasta para ser lacayo hay que tener más dignidad y menos sectarismo.

    1. No es que no haga una crítica sino que es un periodista auténticamente panfletario. Lo de periodista lo digo por llamarlo de alguna manera, para mí un periodista es otra cosa aunque hoy en día el poder compra muchas voluntades y hay demasiados como este.

  2. La extrema derecha es desde luego una amenaza para la democracia, pero la extrema derecha ha surgido detrás de que apareciera a extrema izquierda, que también es extrema y supone el mismo riesgo sino peor.

  3. He leído con detenimiento todo lo que dice y se puede decir lo mismo de los gobiernos regidos por los comunistas, con una diferencia que la extrema derecha es una amenaza, la extrema izquierda, está instalada en el poder y no son capaces de quitarla.

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