Las fronteras de la indiferencia. Por: Ángel Luis Jiménez

Este sábado 18 de diciembre celebramos el Día Internacional de la Migración. Este día nos ayuda a recordar que las migraciones son una parte imprescindible de la historia de la humanidad y especialmente de las sociedades modernas. Además, se reconoce la contribución hecha por millones de migrantes a las economías de sus países de origen y de acogida. 

En Europa se nos llena la boca de encendidas loas a la movilidad individual, porque el derecho de las personas a circular y residir libremente dentro de la Unión Europea constituye la piedra angular de la ciudadanía de la Unión, concepto que creó el Tratado de Maastricht de 1992 (Todos los nacionales de un Estado miembro son automáticamente ciudadanos de la Unión).  

Tras la supresión gradual de las fronteras interiores, conforme a los Acuerdos de Schengen, se adoptó la Directiva 2004/38/CE relativa al derecho de los ciudadanos de la Unión y de los miembros de sus familias a circular y residir libremente en el territorio de los Estados miembros. 

Pero a pesar de la importancia que reviste este derecho, persisten obstáculos notables a su aplicación. Al igual que existen notables carencias, vulneraciones e incumplimientos de las directivas 2013/32/UE y la 2013/33/UE, relativas a procedimientos comunes para la concesión o la retirada de la protección internacional; y las normas para la acogida de los solicitantes de protección internacional respectivamente. 

Más de treinta años después de la caída del muro de Berlín vivimos en una sociedad donde ese mismo sistema occidental prohíbe a decenas de millones de personas que crucen las fronteras y que ejerzan su supuestamente inalienable derecho a moverse libremente. Según ACNUR ahora mismo hay cerca de 70 millones de desplazados forzosos, una cifra récord en la historia del mundo.  

Al escribir esto sé que, cuando lo cuelgue en las redes, habrá unos cuantos que soltarán, creyéndose además originales e ingeniosos, el rancio tópico de “espero que te los lleves a tu casa”. Y es que, a medida que la tragedia aumenta y el moridero engorda, va creciendo también un populismo xenófobo de una ferocidad aterradora.  

Trump se atrevió a meter a los niños migrantes en jaulas, menos mal que ya no puede hacer tanto daño. Hungría y Polonia aprueban leyes que criminalizan a quien ayude a los emigrantes. Los energúmenos de España, Italia o Francia se han quitado los disfraces; incluso se jactan de su brutalidad, pero no hacemos gran cosa por combatirlos.  

No digo que el problema no sea difícil de solucionar: es colosal, quizá el mayor reto que afronta el mundo hoy. Pero parece que ni siquiera estamos intentando buscar una salida. Yo sólo veo que nos atrincheramos, que cerramos fronteras, que condenamos a millones de personas a la muerte o el infierno.  

Nadie habla de los sentimientos que pueden alojarse en la otra cara, la interior, de estos rostros extenuados por el viaje, por el exilio, por la cercanía de la muerte, por el abandono de su hogar. Una refugiada somalí, Warsan Shire, comparte con nosotros su experiencia en un terrible poema. 

“Nadie abandona su hogar, a menos que su hogar sea la boca de un tiburón. Solo corres hacia la frontera cuando ves que toda la ciudad también lo hace (…). Solo abandonas tu hogar cuando tu hogar no te permite quedarte. Tienes que entender que nadie sube a sus hijos a una patera, a menos que el agua sea más segura que la tierra (…). Nadie deja su hogar hasta que su hogar se convierte en una voz sudorosa en tu oído diciendo: “Vete, corre lejos de mí ahora. No sé en qué me he convertido, pero sé que cualquier lugar es más seguro que éste”.  

Es un poema largo. Merece la pena buscarlo y leerlo. Merece la pena hacer el esfuerzo de no olvidarlo. Merece la pena asumir que las fronteras son hoy el problema mundial más acuciante, y que están en la tierra, pero también dentro de nosotros, lindando con la indignidad de nuestra indiferencia. 

 

 

 

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