El Juzgado rectifica la inscripción registral de Benito, que fue inscrito al nacer como hijo de sus abuelos maternos debido a las normas sociales de la época. La historia ha sido difundida por El Debate a partir de una información de la agencia EFE.
Una historia marcada por el silencio durante más de siete décadas ha encontrado finalmente un desenlace reparador en Tarifa. Un juzgado ha reconocido oficialmente que Curra, de 94 años, y Benito, de 73, son madre e hijo, poniendo fin a una situación que los obligó a figurar legalmente como hermanos desde el nacimiento de Benito en 1953.
Según informa El Debate, en una información elaborada por EFE, Benito nació el 3 de abril de 1953 y fue inscrito en el Registro Civil de Tarifa como hijo de quienes en realidad eran sus abuelos maternos.
La decisión respondió a las rígidas normas sociales de la España de la época. Curra era una joven soltera que había quedado embarazada y, ante el temor al rechazo social y al qué dirán, su familia ocultó el embarazo y decidió registrar al niño como si fuera hijo de sus padres.
Durante décadas, Curra asumió públicamente el papel de hermana de su propio hijo. Sin embargo, según relata Benito, siempre sintió que existía un vínculo especial entre ambos.
«Siempre sospeché que era mi madre porque eso tira. Tenía una forma de comportarse conmigo… era mi hermana especial», explica Benito en declaraciones recogidas por EFE.
Con el paso de los años, Curra se trasladó a vivir a Ceuta, donde formó una familia y acabó revelándole la verdad a Benito. Aunque su entorno conocía la realidad, ambos seguían figurando oficialmente como hermanos.
El verano pasado decidieron dar el paso definitivo para corregir esa situación. Con el asesoramiento jurídico del despacho del abogado Jesús Odériz, solicitaron judicialmente el reconocimiento de la filiación. Una prueba de ADN confirmó la relación biológica y el juzgado ha ordenado la rectificación del Registro Civil.
La resolución supone mucho más que un cambio administrativo. Según recoge la demanda, representa «una profunda reparación emocional» y el cierre de una herida abierta durante más de setenta años por el peso de las convenciones sociales y el miedo a la deshonra familiar.
Benito reconoce que uno de sus mayores deseos era que su madre pudiera marcharse con ese reconocimiento oficial.
«Ella quería tener los papeles de que yo era su niño pequeño. Va a ser beneficioso para los dos», afirma.
La historia refleja cómo han cambiado las normas sociales en apenas unas décadas. «Antes la mujer no tenía ningún derecho», recuerda Benito, quien celebra que sus hijos puedan llamar por fin abuela a quien durante toda su vida tuvieron que conocer oficialmente como su tía.

