El PP se enfrenta a un gran dilema en España: arrimarse a los postulados extremistas o desmarcarse de ellos, sabiendo que los ultras de Vox están por acabar con nuestro Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la igualdad y la pluralidad.
La derecha tradicional no sabe responder al ímpetu de los ultras. Un ejemplo que podría seguir sería el húngaro, atrayendo a un electorado transversal que no siga necesariamente el eje izquierda-derecha. Algo parecido sucedió en Polonia en 2023 cuando el moderado Donald Tusk consiguió relevar al radical Partido Ley y Justicia. Anteriormente en Hungría se optó por coaliciones de partidos de todo signo contra Orbán, pero sin éxito. La fórmula ganadora ha sido la de coaliciones amplias y diversas, pero con una mezcla de límites claros de eficacia política y liderazgo.
El Partido Popular parece estar en un extraño baile con Vox porque no sabe muy bien si alejarse para mantener el aire de moderación o acercarse para competir en su propio terreno, con el riesgo de confundirse con los ultras y salir perdiendo por sus constantes diatribas contra el orden constitucional.
Mientras tanto, Vox marca con frecuencia la agenda y polariza el debate. No siempre es así: en Alemania los partidos tradicionales tienden un cordón sanitario para aislar a los ultraderechistas de Alternativa por Alemania, no sin voces críticas desde la derecha tradicional, que creen que ese aislamiento favorece a los ultras al presentarles como la única alternativa al sistema.
Otra vía podría ser la denuncia de los discursos. “Seguir llamándoles ultras o extremistas ya no sirve como voz de alarma”, dice Diego Garrocho, profesor de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Madrid: “Es preciso señalar sus contradicciones, mostrar las incoherencias concretas en su programa, no combatirlos solo desde el miedo”.
En Estados Unidos, la adhesión del movimiento MAGA y el silencio de la derecha tradicional parecen resquebrajarse por las políticas erráticas de Trump, las consecuencias de la guerra de Irán y su discurso mesiánico y apocalíptico: “Una civilización entera morirá esta noche”, escribió el presidente en redes sociales. No todo el mundo quiere acompañarle en esas diatribas.
La derecha tradicional puede además llevar a cabo un activismo democrático, en el sentido que lo describe la analista estadounidense Anne Applebaum, autora en un ensayo como “Autocracia S.A. Los dictadores que quieren gobernar el mundo” (2024, Deusto), donde ve a los EEUU como un Estado transaccional y depredador sin aliados permanentes. Porque dice que para la vigencia de la democracia no basta con la existencia de las instituciones, ni darlas por sentada, sino ponerse manos a la obra. Hay que combatir la apatía de la gente, defender las reglas, señalar los abusos y el autoritarismo, y proteger esas instituciones. La democracia no se defiende sola.
“La derecha liberal debe existir, recordar su historia y hacerla”, dice Armando Zerolo, profesor de Filosofía Política y del Derecho de la Universidad San Pablo CEU. Opina que la derecha española ha tenido una mala maestra y ha ejercido otro tipo de activismo: “Desde la época de Zapatero se ha fijado en los métodos de la extrema izquierda: la protesta en la calle, los escraches, el activismo en redes. La actividad parlamentaria lenta, poco visible y poco eficaz, así que se optó por la agitación cultural”. Tampoco algo exclusivo de la derecha española.
En su genealogía de las nuevas derechas, el investigador Franco Delle Donne, autor del libro (y podcast) “Epidemia ultra” (2025, Península), cifra su origen en la idea de decadencia de la civilización occidental, que emana de la obra del filósofo alemán Oswald Spengler y contribuye al surgimiento de los fascismos de los años treinta. Derrotados en la Segunda Guerra Mundial, el hilo se retoma en la Nouvelle Droite francesa de Alain de Benoist, que toma como inopinado referente al teórico comunista italiano Antonio Gramsci: la batalla por la hegemonía debía librarse en el campo de la cultura. Esa inspiración se ha hipertrofiado en esta era apocalíptica y digital. “Cuando la derecha aprende de la izquierda los métodos gramscianos, ahí se produce la derrota de la derecha”, piensa Zerolo.
El antisanchismo es la corriente que adjudica al presidente Pedro Sánchez todos los males del mundo, sin ofrecer demasiada alternativa. Ejemplo: en la reciente derrota de Orbán, la diputada Cayetana Álvarez de Toledo llamaba a acabar con el presidente definiéndole como “el Orbán del sur”. Una rémora para la derecha moderada española que, según Zerolo, vive obsesionada con este enemigo total: “La derecha liberal lleva años ahorrándose un debate interno: el antisanchismo ha sido la gran excusa para no debatir sobre lo que se quiere hacer. Sánchez no puede ser el comodín para cualquier cosa”. Porque la disidencia política tiene unos límites y la democracia se sustenta siempre en las formas.
A los votantes españoles no les basta acabar con Sánchez. Ni tampoco quieren una derecha que avive el miedo. Quieren oír hablar de economía social y de mercado, de Estado de derecho, de la Unión Europea, de la Monarquía y la Constitución. Quieren repensar las libertades individuales y un nuevo clima que supere las divisiones y los personalismos, provocados por la polarización que distorsiona seriamente el normal funcionamiento de nuestra democracia. Quieren una ética en el discurso de la derecha y un afán por un trabajo bien hecho, porque si no, saben, que lo que queda es pura banalidad.

