Votar a Vox Por: Ángel Luis Jiménez

No entiendo a los que votan a Vox, un partido sin discurso pero que destila mucha rabia y odio. Tampoco entiendo ese atractivo que sienten por este partido de ultraderecha, aquellos que se sienten ninguneados con razón o sin ella, porque su proyecto político se basa en una lenta pero eficaz pérdida de nuestros derechos, cancelando nuestro futuro para volver al pasado.

 

La escritora Hannah Arendt decía de esas personas que no están dispuestas a pensar por sí mismas, que no se les puede perdonar, sobre todo en estos tiempos electoralistas, donde parece que nada de lo que hacemos tiene importancia o responsabilidad. Pero, la tiene, y mucha, porque las consecuencias pueden ser terribles para aquellas personas diferentes o vulnerables.

Dicen que se necesita algún tiempo de convivencia para encariñarse con un ideal. Posiblemente esa idea responde al misterio de por qué la clase trabajadora vota a la derecha, aunque vote contra sus propios intereses. Su convivencia con el ideal socialista deja mucho que desear, a pesar de ser la mejor España posible contra la peor derecha.

Tampoco puedo entender a esa clase trabajadora que admira a los ricos sin conocerlos, gente que tiene cada vez más gracias a la desigualdad estructural, mientras que ellos ganan cada vez menos. Sin embargo, de forma incomprensible acumulan resentimiento hacia los profesionales universitarios o intelectuales que si están en su vida diaria: jefes, médicos, profesores de sus hijos, abogados, gestores, políticos… No se me ocurre ninguna razón lógica.

En España, por suerte, el nivel de la polarización afectiva está lejos de parecerse al del amigo americano, pero en el corazón de nuestra convivencia el discurso y la práctica del antisanchismo se han instalado como una emergencia salvadora, como la única respuesta patriótica ante una identidad nacional amenazada por la diabólica inmoralidad encarnada por el presidente del Gobierno. Una descripción agónica del presente, una falacia trumpista, una trola que te cagas, un delirio ideológico con un propósito político.

En verdad, se pretende convertir pactos parlamentarios en pactos nefandos, más que discutir decisiones concretas, es decir, trasladarnos primero el miedo y luego la rabia que genera la angustia nacional. Así no discutiremos sobre el objetivo principal del planteamiento de las elecciones del 23J: la demolición de una agenda legislativa que, con aciertos (la reforma laboral) y errores (la catástrofe de la quiebra del feminismo), ha conformado una sólida respuesta socialdemócrata a las diversas crisis que se han sucedido en esta legislatura.

Un Gobierno de coalición que, por ahora, ha evitado la recesión anunciada, y de la que hoy nadie habla ni se la espera en campaña. Al ser preguntado sobre

qué es la derogación del sanchismo, el líder de la oposición fue claro: “Derogar todas aquellas leyes que están inspiradas por las minorías y que atentan contra las mayorías”. Sin embargo, se contradicen porque cuando gobiernan, protegen a las minorías privilegiadas eliminando impuestos a los ricos, a los bancos y las eléctricas y defienden al capital frente al bien común.

Así que, después de esta reflexión sobre el antisanchismo, cuando me preguntan qué hacer con los que votan a Vox, diría que hacer nuestro trabajo democrático: mejorar sus condiciones laborales, garantizar su acceso a la vivienda, a la sanidad y la educación pública con los estudios del nivel que demanden. Y actuar con mucho cuidado y respeto. No hay otra forma, si queremos fomentar su pensamiento crítico y que no se sientan ninguneados por aquellos que en verdad los defienden.