El capitalismo se tragó la democracia. Por: Ángel Luis Jiménez

Triste es decirlo, pero el producto mejor elaborado por el capitalismo es el pobre de derecha. A pesar de que sus políticas económicas suelen ir en contra de sus intereses de clase.
En un mundo que hoy vive en modo supervivencia, son los refugiados, los inmigrantes, quienes intentan sobrevivir con moralidad y dignidad. También poseen la sabiduría de reconstruir en tierra ajena un hogar desde cero, porque ese hogar, como concepto filosófico y político, es básico para poder sobrevivir.
Durante los noventa, la crisis de acumulación y de legitimación del sistema, el derrumbe del bloque soviético, el fin de la Guerra Fría y la revolución tecnológica y de las telecomunicaciones, motivaron el avance de las ideas liberal-democráticas, la expansión de los medios masivos de comunicación y la creciente interconexión comercial y financiera a escala mundial.
Estas transformaciones permitieron al capitalismo encadenarse al neoliberalismo y construir un nuevo orden político y social y un nuevo sentido común en torno a sus valores individualistas, liberalizadores y mercantilistas, identificando el libre mercado con un futuro de estabilidad, crecimiento, libertad de elegir, y modernización, basados en el consumo ilimitado, el confort, la liberación y la felicidad plena. Esa idea de libertad consumista se utiliza contra la intervención opresiva del Estado y sus valores de igualdad social, solidaridad colectiva, participación popular y justicia social.
Las democracias liberales colapsan porque su promesa fundamental era la igualdad, que ha sido engullida por un capitalismo despiadado que nos dice cada día que no hay igualdad, no la habrá y no puede haberla porque la motivación capitalista es el beneficio y el lucro de los que más tienen. Por eso pienso que el capitalismo se tragó la democracia.
Si no aceptamos la profundidad del problema, no podremos arreglarlo. En ese sentido, empecemos criticando el capitalismo y/o el neoliberalismo si queremos hablar de democracia. Sin embargo, hay muchas, muchísimas, personas en la intelectualidad convencional, en el ámbito académico, y en los medios de comunicación tradicionales que no quieren hacerlo, quieren arreglar la democracia poniéndole tiritas.
Además, cada día hay menos personas que crean en la democracia, porque su confianza en la democracia ha sido dañada al utilizarla durante décadas como campaña publicitaria para guerras como la de Irak o bombardeos como los de Gaza o Irán. También porque la democracia no ha podido resolver el gran problema en la vida de las personas como es la desigualdad económica.
Estaremos equivocados si creemos que la solución de la crisis de la democracia es deshacerse de Trump. Necesitamos una primera transformación moral. Tenemos que ver la profundidad del problema y si estamos o no preparados para desmantelar las políticas neoliberales. Este desmantelamiento requiere mucha transformación política y moral, porque las cosas no volverán a ser como antes. La gente aún se hacen ilusiones pensando “oh, todo volverá a la normalidad cuando nos libremos de Trump”. Pero no será así.
Según las encuestas, si analizamos la situación de España, los jóvenes son principalmente el electorado de los partidos de ultraderecha, porque creen que votarlos es una especie de rebelión. Triste es decirlo, pero es la magia de estos movimientos. Te prometen que van a cambiar las cosas, pero son promesas vacías. Los movimientos políticos ultras como Vox, no se basan en programas políticos ni en políticas concretas. Su política se basa en las emociones. Y los progresistas no tenemos una política de las emociones.
Vox utiliza el miedo al extraño, al inmigrante, al refugiado, y la ansiedad e incertidumbre sobre el futuro que espera a los jóvenes. Ganan votos gracias a su política de emociones, y básicamente nosotros no hacemos nada. No decimos nada sobre el miedo. Entonces, ¿qué hacemos? ¿qué decimos?: “No tengan miedo de los refugiados, ni a su proceso de regularización” “No te preocupes por el futuro” “No te sientas frustrado…”
La gente ha perdido la fe en sí misma. Antes de que Irak fuera bombardeado, hubo movimientos de “No a la guerra” y el mundo entero salió a las calles diciendo que no se debería bombardear Irak. Pero no les hicieron caso. Entonces, empezaron a pensar que ya no tenían poder. Gradualmente, con el tiempo, la gente perdió la fe en que sus voces serían escuchadas. Y, por otro lado, desde finales de los años setenta, principios de los ochenta, hubo una propaganda masiva global, a escala mundial, que decía: “si hay capitalismo, habrá paz, habrá prosperidad. “No tienes que organizarte en sindicatos. La política es aburrida. No sirve para nada”. Y esa propaganda funcionó.
Ha habido dos generaciones que crecieron con esta propaganda y no saben que tienen que involucrarse en la política para defender sus derechos, y ganar otros, y así poder seguir siendo humanos. Y para tener derechos, hay que proteger los derechos de los demás. No solo somos consumidores. Eso es lo que el neoliberalismo impone, pero no lo somos. Somos ciudadanos. Somos seres humanos. Y tenemos derechos políticos y, también, derechos morales. Pero, creo, que hemos llegado tarde y las democracias cada día son más débiles. En estos momentos tenemos que encontrar un nuevo lenguaje, una nueva perspectiva para sobrevivir a estos oscuros tiempos, y tener muy claro que para sobrevivir nos necesitamos los unos a los otros.

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