El egoísmo de los superricos.Por: Ángel Luis Jiménez.

Estamos en manos de los superricos. La tecnología ha alumbrado una nueva generación de superricos que usa su poderío económico para condicionar las políticas públicas en su beneficio, y moldear a su gusto la sociedad y el sistema democrático. Por supuesto, reduciendo al mínimo su factura fiscal.
Cualquier ciudadano tiene claro que debe contribuir de manera equitativa a la sociedad de la que se beneficia. Sin embargo, los superricos cuentan con todo tipo de mecanismos para reducir su factura fiscal y pagar menos impuestos que los demás.
Hay una iniciativa del economista francés, Gabriel Zucman, destacado discípulo de Thomas Piketty, que plantea la idea de gravar con un 2% a aquellas personas cuyo patrimonio neto supere los 100 millones de euros para paliar tantos años de recortes de los servicios públicos.
El alcalde de Nueva York, Zohran Mandami, el joven socialista musulmán, sorprendió a todo el mundo al hacerse con el poder en la meca del capitalismo occidental, y tras casi cinco meses en el poder, ha mezclado el pragmatismo con la defensa férrea de principios como elevar los impuestos a los ricos y congelar el alquiler a las clases menos privilegiadas. Estas dos ideas fáciles de vender a sus votantes ya se han puesto en práctica, aunque enfurezcan a los superricos de Nueva York. Por qué no hacerlo aquí con un gobierno socialista.
El economista y profesor, Joseph Stiglitz, Premio Nobel, ha creado el Panel Internacional sobre la Desigualdad que informa de forma fiable sobre la concentración de la riqueza en el mundo: el 50% de la población mundial solo ha recibido un 1% de toda la riqueza creada en los últimos 25 años. Una estadística impactante que ayuda a comprender hasta qué punto se han agravado las cosas.
Su plataforma está defendiendo también un impuesto mínimo global del 2% sobre el patrimonio, que es un impuesto muy moderado y tiene la virtud de no ser complejo. Si tienes 100 millones de dólares, lo más probable es que estés obteniendo como mínimo una rentabilidad del 6%. Y pagar el 33% sobre los rendimientos del capital sigue siendo menos de lo que muchas personas pagan como rendimientos del trabajo -los tipos marginales de los salarios superan el 45%-, sin hablar de las exenciones que les permiten la evasión legal de los impuestos.
En definitiva, las grandes fortunas de 100 millones de dólares tributan proporcionalmente menos que los trabajadores debido a las ventajas de las rentas financieras frente a las salariales. Así que, no tengo dudas, la riqueza extrema debe ir acompañada de una responsabilidad frente a la sociedad. No hay ningún impedimento técnico para poder gravar a los superricos.
Zucman quiere que España encabece esta iniciativa para Europa. El potencial de esta iniciativa depende del PIB de cada país europeo y del volumen de riqueza en manos de los millonarios. En España, por ejemplo, la mitad más desfavorecida no posee más del 6% del PIB, mientras el 1% más rico acapara el 24%. Con ese 2% España ingresaría unos 5.000 millones de euros al año, lo que ayudaría a mejorar las ayudas a las rentas más bajas y a determinados servicios.
Siempre he sido optimista, y pienso que otro mundo es posible, porque si la historia me ha enseñado algo, es que no hay que infravalorar el poder de las ideas y las fuerzas democráticas. Tarde o temprano, la democracia extenderá su alcance e incluirá a los multimillonarios. Lo espero.
Un impuesto mínimo para los superricos no resolverá todos los problemas de esta sociedad injusta, pero si corregirá los desequilibrios flagrantes existentes, reafirmando un sencillo principio democrático: todos deben contribuir de manera equitativa a la sociedad de la que se benefician.
España, que hoy es un modelo de dinamismo económico en Europa, tiene la oportunidad de demostrar que existe otro camino posible: una prosperidad que no esté reservada solo a unos pocos. Y en este frente, como en otros, España puede ponerse a la vanguardia de esta batalla democrática. Porque si queremos vivir en un mundo más justo, podemos tener democracia o riqueza concentrada en manos de unos pocos, pero no las dos cosas a la vez.

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